Desigualdad en América Latina (Foto: Pixabay)

Retrato de la desigualdad en América Latina en los últimos años

El PNUD suele centrar una parte importante de su análisis anual en la influencia de la desigualdad en el índice en todas las regiones del mundo. Esta vez, sin embargo, el énfasis es mucho mayor. Los datos justifican claramente la razón de esta gran preocupación del organismo: aunque el avance global de la pobreza extrema es incuestionable, los técnicos del PNUD señalan -un punto en el que América Latina también ha fracasado en los últimos cinco años- “las brechas en la desigualdad se mantienen en niveles inaceptables”. En un país con un desarrollo humano muy alto, una persona de 40 años perteneciente al 1% más rico tendrá una esperanza de vida de 10 a 15 años más larga que alguien perteneciente al 1% más pobre. Y mientras que un niño nacido en el año 2000 tiene un 50 por ciento de probabilidades de asistir a la universidad, otro niño nacido en el mismo año en un país de bajo desarrollo humano (como Haití, por nombrar un caso en la región) tiene un 83 por ciento de probabilidades de haber sobrevivido y sólo un tres por ciento de probabilidades de asistir a la educación superior en la actualidad.

Desigualdad en América Latina (Foto: Pixabay)

Desigualdad en América Latina (Foto: Pixabay)

Más datos del PNUD corroboran por qué en los últimos años el problema de la desigualdad no ha dejado de ganar peso en la escala de las preocupaciones de las principales organizaciones internacionales: si el crecimiento económico sigue la pauta establecida por el Fondo Monetario Internacional (FMI) en su gráfico de proyecciones, el número de personas en situación de pobreza extrema en todo el mundo se mantendrá por encima de los 550 millones -más que la suma de la población de los Estados Unidos y el Brasil-; pero si cada año se redujera el índice de Gini en un 1 por ciento, 100 millones más de personas dejarían la hambruna extrema. En el caso de los países emergentes, el problema de la desigualdad radica en gran medida en la incapacidad del Estado para redistribuir: la posición inicial es prácticamente la misma que la de las economías avanzadas, pero, a diferencia de estas últimas, los impuestos y las transferencias públicas apenas pueden corregir las diferencias de renta.

A pesar de la lectura habitual de la desigualdad como una mera medida económica, la ONU anima a dar un paso adelante. “Todavía tenemos una sensación de desigualdad en el siglo XX que sólo está relacionada con el ingreso per cápita”, dice Steiner. Pero estas desigualdades económicas iniciales han dado lugar a una nueva generación de desigualdades: micro desigualdades que parten de la percepción de que “mi hijo nace en situación de desventaja”. Y esto revela una falta de movilidad social. En América Latina, esta ruptura de la ascensión social es especialmente evidente.

Con excepción de los casos mencionados anteriormente, Argentina -que pierde dos posiciones en el ranking mundial, pero sigue siendo el único representante latinoamericano, con Chile, entre los países con un IDH muy alto -Venezuela – que ha caído 26 posiciones desde 2013, la mayor caída del mundo y que suma su cuarta caída anual consecutiva- y Nicaragua, la evolución del indicador de desarrollo humano es positiva en la región. Con una importante advertencia: es la zona del mundo que menos ha progresado en este ámbito desde 2010: menos del 0,5% anual, la mitad de la de Asia meridional y África subsahariana. Por el contrario, las mayores mejoras en 2018 se dan en Perú, que sube cuatro puestos, y en Bolivia, que ya se ha incorporado al grupo de naciones con alto desarrollo económico y que es, con diferencia, el país donde se ha producido la mayor mejora en las condiciones de vida de sus ciudadanos en las últimas tres décadas. En ambos casos, dice Conceição, gran parte de la mejora puede atribuirse al crecimiento económico.